Era el día 10 de nuestro viaje cuando
decidimos alquilar un auto para conocer este lugar tan renombrado. Al llegar a
Tulum, nos encontramos con las ruinas mayas, una antigua ciudad amurallada.
Había un sendero, al mirar alrededor se observaban animalitos tales como
lagartijas y mucha vegetación. Recuerdo que el camino era muy largo y hacía
muchísimo calor, calor seco. Con mis amigas
nos sacábamos fotos y nos metíamos en cuevas, y mientras caminábamos, pensaba, ¿hasta dónde llega este camino? ¿Qué encontraríamos al finalizar del trayecto? Luego de una larguísima caminata, se acercaba el final del sendero, cuando de repente, mis ojos se encontraron con un paisaje indescriptible, el mar más azul que jamás había visto, la arena más blanca. Mientras me acercaba al mar, para darme un chapuzón, comencé a sentir un vientito placentero en mi cara. Me zambullí en esas aguas templadas y cristalinas.
nos sacábamos fotos y nos metíamos en cuevas, y mientras caminábamos, pensaba, ¿hasta dónde llega este camino? ¿Qué encontraríamos al finalizar del trayecto? Luego de una larguísima caminata, se acercaba el final del sendero, cuando de repente, mis ojos se encontraron con un paisaje indescriptible, el mar más azul que jamás había visto, la arena más blanca. Mientras me acercaba al mar, para darme un chapuzón, comencé a sentir un vientito placentero en mi cara. Me zambullí en esas aguas templadas y cristalinas.
Fue realmente una sorpresa y una gran
retribución, luego de esa larga y calurosa caminata, encontrar esa playa
alucinante. Esa playa que ni mis ojos podían creer que existiese. Pasamos unas
horas disfrutando del sol, el mar, la arena. Ya cuando oscurecía decidimos
regresar hacia el hotel.
Realmente, esa noche me fui a dormir feliz,
habiendo pasado un día pleno, disfrutado de la naturaleza y viviendo uno de los
días más felices de mi vida.

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